domingo, mayo 31, 2020

Virgen de Setefilla

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EL CULTO A NUESTRA SEÑORA DE SETEFILLA

Partimos de la importancia que la iglesia de Nuestra Señora Santa María de Setefilla, el actual Santuario, tuvo en la región que los castellanos, tras la conquista cristiana, llamaron Septefilas o Sietefilas, que comprendía las villas y castillos de Setefilla y Lora, más los castillos o lugares de Algarín, Almenara, Peñaflor, Malapiel, y Alcolea, es decir, los actuales términos municipales de Lora, Peñaflor y Alcolea, donada definitivamente en 1249 por el rey Fernando III a la Orden Militar del Hospital de San Juan de Jerusalén por la participación de ésta en la ganancia y convertida en una bailía por los sanjuanistas, cuyo primer centro religioso fue precisamente dicha iglesia, dotada de un beneficio eclesiástico simple que disfrutaba un prior, freire del convento sanjuanista de Santa María del Monte de Consuegra, a cambio de servirla. Esta iglesia, documentada ya en 1280, fue dedicada al misterio de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, patente en una pintura mural que existía fuera de la iglesia en uno de sus pórticos (recientemente recuperada en un bello retablo de azulejería), y en ella se daba culto a una imagen de Nuestra Señora con un Niño Jesús en sus brazos que allí había sido entronizada, colocada en el lugar más principal del altar mayor en un tabernáculo de madera y con un tapiz con los Evangelistas a sus espaldas. La advocación apuntaba a la festividad en que la región de Setefilla, gracias a la acción militar del Prior hospitalario Fernando Rodríguez, acabó siendo cristiana, hecho acaecido, como puede deducirse de la Primera Crónica General, el 25 de marzo de 1247, el día en que la Santa Madre Iglesia celebra el bello y sublime misterio de la Encarnación del Verbo de Dios. Por lo que se refiere a Nuestra Señora, ésta era del tipo Mater Admirabilis, sentada sobre un castillete, con el Niño Jesús en su regazo en ademán de mostrarlo al pueblo, provista de calzado negro y puntiagudo, cabellos dorados, el manto pintado de azul salpicado de estrellas y guardilla de oro, y túnica grana, el traje típico de las galileas; imagen que pronto alcanzaría fama de ser eficaz instrumento de gracias sobrenaturales, los amores y el consuelo de la región de Setefilla en todas sus aflicciones.

La villa y castillo de Setefilla, situados a dos leguas de Lora en una meseta de fácil defensa, tenían dentro de la bailía un distrito amplio que se extendía desde el arroyo Helecho al término de Peñaflor, y celebraba el día de Nuestra Señora del mes de septiembre, el 8 de dicho mes, en los portales y alrededores de su iglesia una feria o mercado anual que alcanzaba a toda la comarca, con derechos para la iglesia prioral por los asientos o sitios de los puestos de venta y para el Prior de la Orden por el monopolio del peso y medida de las mercaderías. Vestigio, sin duda, de haber sido Setefilla el origen, primera cabeza o capital del bailiato, pues oscurecida por Lora a partir de 1259 como consecuencia de la Carta Puebla otorgada por la Orden de San Juan y alejado el peligro musulmán, Setefilla fue ante todo una pequeña población de ganaderos y labradores de las dehesas y donadíos cercanos, llamada a despoblarse por ser de suelo poble y dificultoso el aprovisionamiento de agua. Prueba es que su Castillo, a cargo de un alcaide, sólo estuvo habitado por éste hasta finales del siglo XV, sirviendo después, una vez abandonado, como refugio de cabreros y bandidos.

La iglesia de Setefilla, por el contrario, mantuvo la primacía como cabeza religiosa del señorío durante mucho tiempo, y a ella acudían los vecinos de la comarca y del bailiato durante todo el año a velar y celebrar novenas en las fiestas litúrgicas principales, pero especialmente el 25 de marzo de cada año, día de la Encarnación del Señor y Anunciación de la Virgen, en cumplimiento de un voto o promesa que el concejo de Lora, como cabeza rectora de la bailía, había formulado, posiblemente en conmemoración o acción de gracias por la conquista, vinculándose así los siete lugares de la bailía (Alcolea, Algarín, Lora, Setefilla, Almenara, Peñaflor y Malapiel) a la fiesta religiosa del día de la Encarnación a celebrar en la iglesia de Nuestra Señora Santa María de Setefilla acordada por el concejo de Lora, consistente en ir en procesión con cruz y clérigos y oficiar allí una Misa solemne con sermón.

Este voto convocaba en la iglesia de Setefilla a no pocos vecinos. Sabemos, al respecto, que durante la noche anterior se hacía una vela pública, a la que asistían muchos devotos de Lora y la comarca. Otros, en cambio, el mismo día de la fiesta, con los miembros del Concejo y algunos clérigos, salían en procesión desde la iglesia mayor de Lora en dirección a la aldea, en cuya iglesia el prior de Setefilla celebraba una Misa cantada con diácono y subdiácono y hacía oficiar otra Misa rezada afuera, utilizando para ello un altar hecho de ladrillo, el de la Salvación, situado en los soportales, a modo de capilla abierta, en cuya pared, encima del altar, figuraba pintada la representación del misterio de la Encarnación, solución adoptada, tal y como se hacía en otras fiestas litúrgicas principales, para permitir la participación en los oficios religiosos a aquellos fieles que no cabían en el interior del templo. La fiesta, por otra parte, no carecía de sus regocijos populares, cantares, bailes y otras diversiones, animadas a la hora de la comida por el Cabildo loreño con repartos de pan y queso y en ocasiones vino. Finalmente, llegada la tarde, los romeros asistían al oficio de Vísperas, iniciando a continuación el regreso a casa, satisfechos de haber cumplido el voto.

En 1534, los últimos habitantes de Setefilla abandonaron este solar, trasladándose a Lora. No obstante, la devoción y fervor religiosos vinculados al lugar en el transcurso de casi tres siglos aconsejaron mantener abierta al culto su iglesia prioral, custodiada por un santero o ermitaño, continuando al frente de ella el freire presentado al Prior por el convento sanjuanista de Santa María del Monte de Consuegra al amparo del priorato o beneficio eclesiástico simple de la ermita.

Para esta fecha, Alcolea había pasado a ser una encomienda de la Orden con jurisdicción propia, es decir, separada ya de la primitiva organización mancumunada de la bailía, y segregados del antiguo alfoz estaban también Peñaflor, Almenara y Malapiel. Estos cambios en la estructura del señorío, unido a la propia despoblación de Setefilla, hicieron posible que Lora pasara a convertirse definitivamente en la principal depositaria del legado y promotora del culto. Prueba de ello es que a mediados del siglo XVI el concejo de Lora derribaba y reedificaba totalmente la capilla mayor de la iglesia de Setefilla, y el 2 de abril de 1551 renovaba el voto del día de la Encarnación, dando el Cabildo loreño nuevas ordenanzas para corregir ciertas irreverencias y excesos que se cometían en la vela y recordando algunas antiguas para que la Villa, al menos un representante de cada casa mayor de 15 años y todos los miembros del Concejo, bajo multa de un real y cuatro reales respectivamente para la obra y fábrica de la iglesia de Nuestra Señora Santa María de Setefilla, siguiera cumpliendo con fuerza su vieja promesa de ir en romería a dicha iglesia, dentro del plazo de los nueve días siguientes si el tiempo no lo permitía el día de la Encarnación o éste coincidía con la Semana Santa.

Ya a mediados del siglo XVI, tal y como hoy ocurre, el día del año que más gente acudía a dicha iglesia era el día de Nuestra Señora del mes de septiembre, es decir, el 8 de septiembre, fiesta de la Natividad, que coincidía con la celebración de la vieja feria o mercado que alcanzaba a toda la comarca, con derechos para el prior de Setefilla por los asientos o sitios de los puestos de venta colocados alrededor de la iglesia. Desde el punto de vista religioso, la festividad tenía una gran importancia y auge pues el prior de Setefilla estaba obligado a celebrarla con ayuda de clérigos de Lora, a los que daba de su beneficio la corresponidiente limosna para que se hallasen presentes a las primeras vísperas de la fiesta y en la misa cantada que se decía dicho día.

La primera mitad del siglo XVI, al menos, debió conocer también la primera transformación de la imagen de Nuestra Señora, que aparece ya vestida en 1550 con una saya de paño verde con dos verdugos de terciopelo negro que ocultó su línea escultórica, camisa negra labrada y corona de azófar, así como el Niño, con un pequeño sayo de damasco de color rojo y coronado con otra corona de azófar. En poder del mayordomo de la iglesia y junto a otros bienes estaba entonces el atavío y ajuar restante de la Virgen, prueba inequívoca de una ya arraigada y profunda devoción, alimentada por los resultados de su poderosa intercesión ante Dios.

Precisamente, la popularidad de que gozaba la Sagrada Imagen por sus intervenciones sobrenaturales, fue la causa de que el concejo de Lora decidiera traerla a la villa desde la ermita en procesión de rogativas por primera vez, hecho que se repetirá después, siempre con motivo de una necesidad apremiante o pública tribulación, epidemia, sequía o abundancia de aguas, para librarse de ella la población recabando la mediación de la Virgen ante su Bendito Hijo. En relación a ello, aunque no tengamos referencias documentales anteriores a 1581, puede decirse con fundamento que la Imagen empezó a trasladarse al menos desde mediados del siglo XVI, algún tiempo después que Setefilla se acabara de despoblar y haberse producido el trasvase de su población a Lora. Es más, para subvenir estos traslados de la Virgen en una u otra dirección, actos culminantes del culto setefillano, y como cauce y expresión de la devoción para velar por su debido culto, surgieron y quedaron establecidas por estas fechas en la iglesia de Setefilla dos cofradías, origen de la actual Hermandad Mayor de Nuestra Señora de Setefilla: la de Nuestra Señora de la Encarnación y la de Nuestra Señora de Setefilla, fusionadas en 1587 con el título de cofradía de la Encarnación de Nuestra Señora, con sede en la iglesia de Nuestra Señora de Setefilla. Una de ellas, documentada en 1581 con el nombre de cofradía de Nuestra Señora, existía ya hacía algún tiempo, dado que entonces era ya costumbre que sus cofrades acompañaran con cera a la Virgen su titular cuando se trasladaba y colaboraran quizá con el prior de Setefilla en la solemne procesión de tercia que alrededor del Santurario tenía lugar el 8 de septiembre, que es actualmente la manifestación religiosa y popular más destacada de nuestra Romería.


NUESTRA SEÑORA DE SETEFILLA EN LA LEYENDA

La tradición del pueblo loreño acerca de la aparición o invención de la Sagrada Imagen de su Patrona ocupa actualmente un puesto insignificante, al haber sido superada en los últimos años por la investigación histórica. Esto no quita que la leyenda en que se basa, creada por el pueblo con una gran dosis de fantasía y transmitida de generación en generación, haya tenido la virtud de haber conservado durante siglos el fervor y la devoción setefillana, aunque relegara de alguna manera, y por mucho tiempo, la verdad histórica de sus orígenes.

En principio hemos de advertir que la leyenda popular loreña presenta los mismos rasgos característicos de todas las antiguas tradiciones de pretendidas apariciones de imágenes de la Virgen en España:
-Se dice que la Sagrada Imagen estaba oculta junto a un pozo o fuente del poblado de Setefilla.
-Que había sido escondida allí en tiempos remotos y que, a poco de ser Setefilla conquistada por los cristianos, la Imagen se apareció o fue encontrada por un pastor.
-Igualmente nos relata la leyenda que se quiso levantar una ermita para darle culto en un lugar distante, pero que la Imagen aparecía una y otra vez en el lugar donde se había manifestado, hasta que por fin se levantó en su honor la iglesia de Setefilla, junto al lugar donde había estado oculta.

Es evidente, pues, que la leyenda sigue exactamente los motivos que aparecen en otros relatos de invenciones de imágenes a lo largo y ancho de toda nuestra Península en la Baja Edad Media: el pastor, la imagen oculta y revelada milagrosamente, la resistencia de ésta a ser trasladada lejos del lugar, etc. Que estos mismos rasgos se repitan y fuesen atribuidos a las imágenes veneradas en las diversas localidades, se debe principalmente a los romances bajo-medievales sobre Nuestra Señora, de amplia difusión, que fueron la base de la tradición oral popular creada alrededor de cada santuario mariano. Y el de Setefilla no escapó a esta corriente.

La tradición oral setefillana, no obstante, parece que empezó a tomar cuerpo en la primera mitad del siglo XVI, cuando la devoción a Nuestra Señora Santa María de la Encarnación, de Setefilla, tenía preponderancia sobre las demás advocaciones marianas de la comarca, reforzándose con la leyenda la fama de milagrosa que por entonces ya tenía la Imagen. Posteriormente, en el siglo XIX, con el Romanticismo, movimiento muy propenso a lo misterioso y a reavivar leyendas de todo tipo, nos llegarán las primeras versiones escritas que de dicha tradición conocemos:
-«Romance gratulatorio a la milagrosa imagen de María Santísima de Setefilla», de José Felix Carpintero, Imp. de D. Carlos Santigosa, Sevilla, 1807.
-«La Virgen de la Sierra. Romance histórico-descriptivo», de Rafael González Flores, Imp. Manuel González, Ecija, 1881.
-Y «La antigua imagen de Ntra. Sra. de Setefilla venerada en su Santuario del término de Lora del Río. La Virgen de Setefilla, Romance histórico-descriptivo», de José Alonso Morgado, varias entregas, en Sevilla Mariana, Sevilla, 1882.

Aunque estos bellos relatos, expresión de la ingenua religiosidad popular y llenos de poético encanto, están faltos de rigor, bien es verdad que encontramos en ellos algunos aspectos que pueden ser explicados desde un punto de vista histórico. Así, en la resistencia de la Imagen a ser trasladada a otro sitio, vemos el claro propósito de defender el Santuario contra los intentos de llevar la Imagen a otra iglesia, en este caso a la iglesia mayor de Lora; disposición que bien pudo darse, sin resultado, cuando al finalizar el primer tercio del siglo XVI la aldea de Setefilla, lo sabemos documentalmente, acababa de despoblarse y sus vecinos se habían trasladado a Lora.

Ahora bien, lo que realmente merece la pena resaltar son las dos antiguas advocaciones populares con que aparece la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de Setefilla en la tradición oral, advocaciones que bien pudieran tener cierto sentido y razón como comprobamos no sólo rastreando la toponimia sino también a la vista de leyendas medievales y razones teológicas. Nos referimos a dos nombres bellísimos, que merecen ser rescatados del olvido: Fons-fría o Fuen-fría y Roca-fría.

-VIRGEN DE FONS-FRÍA O FUEN-FRÍA. El nombre de Virgen de Fons-fría o Fuen-fría se tomó de la cisterna o pozo-fuente en donde estuvo oculta y fue hallada, lugar que efectivamente podemos localizar en el Santuario. Advocación ésta que asocia a nuestra Imagen con el agua (aparición junto a una fuente), que se repite en tradiciones medievales y que además tiene conexiones con las Sagradas Escrituras y con doctrinas teológicas de algunos escritores eclesiásticos:
+Así, expresiones del Cantar de los Cantares que se aplican a la Santísima Virgen, la llaman Fuente Sellada, que se interpreta como «Fuente de gracia», «Fuente de misericordia», «Fuente de aguas vivas», y «Fuente que riega toda la superficie de la tierra»; fundamento bíblico o connotaciones que precisamente han sido el motivo del culto a Nuestra Señora de Setefilla a lo largo del tiempo, sobre todo la Fuente que riega toda la superficie de la tierra. Este concepto es muy antiguo y arraigó especialmente en la liturgia oriental, donde la Iglesia armenia incluye en su Oficio de Difuntos las siguientes palabras: «La Fuente de Vida que brotó del Edén fue la Santa Madre de Dios, porque gracias a Ella la tierra, atormentada por la sed, fue purificada por el Espíritu de Verdad».
+Por otra parte, el venerable Ricardo San Lorenzo, en el Libro Noveno de las Alabanzas a la Santísima Virgen, la llama claramente «Fuente fría, en sí y refrigerante para los que la gustan, pues Ella es fría en sí misma, por la extinción del pecado, y nos da el refrigerio contra el ardor de las tentaciones y de los vicios, si gustamos cuán suave es».
Aspectos que consideramos válidos para que dieran título a nuestra Imagen, ya que en Fons-fría o Fuente-fría se confunden motivaciones psíquicas profundas (el agua virgen y fecunda), raíces toponímicas, arraigo popular derivado del lugar, y razones teológicas y doctrinales. En todo caso, tan sonora y sugerente advocación, facilitó que la venerada Imagen jugara un papel destacadísimo entre las advocaciones marianas de la región.

-VIRGEN DE ROCA-FRÍA. La advocación Virgen de Roca-fría proviene de la población de este nombre, topónimo popular que lógicamente se identifica con el poblado de Setefilla y su Castillo, como hemos comprobado en documentos que citan incluso al alcaide de dicha fortaleza de Rocafría.


Gracias al autor, Doctorado en historia
D. José González Carballo
Cronista Oficial de la Virgen

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